Discurso íntegro pronunciado por el poeta Federico Garcia Lorca en la
inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros
(Granada), en septiembre del año 1931.
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| Federico e Isabel García Lorca (Granada, 1914). |
Queridos paisanos y amigos:
Antes
que nada yo debo deciros que no hablo sino que leo. Y no hablo, porque
lo mismo que le pasaba a Galdós y en general, a todos los poetas y
escritores nos pasa, estamos acostumbrados a decir las cosas pronto y de
una manera exacta, y parece que la oratoria es un género en el cual las
ideas se diluyen tanto que sólo queda una música agradable, pero lo
demás se lo lleva el viento.
Siempre
todas mis conferencias son leídas, lo cual indica mucho más trabajo que
hablar, pero al fin y al cabo, la expresión es mucho más duradera
porque queda escrita y mucho más firme puesto que puede servir de
enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí.
Tengo
un deber de gratitud con este hermoso pueblo donde nací y donde
transcurrió mi dichosa niñez por el inmerecido homenaje de que he sido
objeto al dar mi nombre a la antigua calle de la iglesia. Todos podéis
creer que os lo agradezco de corazón, y que yo cuando en Madrid o en
otro sitio me preguntan el lugar de mi nacimiento, en encuestas
periodísticas o en cualquier parte, yo digo que nací en Fuente Vaqueros
para que la gloria o la fama que haya de caer en mí caiga también sobre
este simpatiquísimo, sobre este modernísimo, sobre este jugoso y liberal
pueblo de la Fuente. Y sabed todos que yo inmediatamente hago su elogio
como poeta y como hijo de él, porque en toda la vega de Granada, y no
es pasión, no hay otro pueblo más hermoso, ni más rico, ni con más
capacidad emotiva que este pueblecito. No quiero ofender a ninguno de
los bellos pueblos de la vega de Granada, pero yo tengo ojos en la cara y
la suficiente inteligencia para decir el elogio de mi pueblo natal.
Está
edificado sobre el agua. Por todas partes cantan las acequias y crecen
los altos chopos donde el viento hace sonar sus músicas suaves en el
verano. En su corazón tiene una fuente que mana sin cesar y por encima
de sus tejados asoman las montañas azules de la vega, pero lejanas,
apartadas, como si no quisieran que sus rocas llegaran aquí donde una
tierra muelle y riquísima hace florecer toda clase de frutos.